De Tinogasta a Fiambalá

De Tinogasta a Fiambalá, las construcciones de adobe se revelan al visitante como un encuentro con la historia.

Los 55 kilómetros que separan Tinogasta y Fiambalá por la ruta 60 en la provincia de Catamarca, donde predomina el clima cálido y seco, son un encuentro con el pasado que se revela al visitante en las construcciones opacas de color rojizo, acorde con la aridez del paisaje, que conforman la denominada Ruta del Adobe.

Casas y templos levantados con una milenaria técnica diaguita a base de barro, estiércol y paja, que registran hasta 300 años de antigüedad y que sobrevivieron a conquistas, guerras y nuevos métodos de edificación, son unos de los atractivos turísticos de la provincia.

Este noble material que fue utilizado en gran parte del norte argentino, así como en muchos otros lugares del mundo, se ha revalorizado en la actualidad por sus propiedades aislantes y el consiguiente ahorro de energía.

“A veces hace falta volver al pasado para darse cuenta cómo es posible vivir perfectamente sin aire acondicionado”, reflexionó Pedro Valdivia, turista y admirador de esas construcciones.

En la misma Tinogasta, la pintoresca localidad ubicada sobre la costa derecha del río Abaucán, a 271 kilómetros de la capital provincial, acuna una de estas construcciones: el actual Hostal de Adobe Casagrande.

El edificio, construido en 1897 con la misión de albergar al comando del Batallón “Cazadores de los Andes” -cuando Argentina y Chile estaban al borde de la guerra por cuestiones limítrofes, lo que fue laudado por la corona británica- en la actualidad pertenece a esa hostería que adhiere a la cadena de Small Hotels, un equivalente a los hoteles boutique.

Mantiene la antigua estructura de barro, estiércol y paja, pero cuenta con habitaciones temáticas, y como lo indica en su frente, tiene restaurante, salón de juegos, gimnasio, piscina y jacuzzi.

El revoque amarillo exterior deja ver en parte los antiguos bloques de adobe y una placa que recuerda que hace más de un siglo esa fue la “Casona de la Familia Orella”.

Esta familia también fue dueña de otro edificio de la Ruta del Adobe: el Centro Cultural Municipal, construido en 1898 y que sirvió como hospital militar durante un año.

Luego fue el Hospital Público de Tinogasta, desde 1914 hasta 1982, cuando con la inauguración de un nuevo centro de salud, pasó a su función actual y alberga una biblioteca y el Museo Arqueológico Tulio Robaudi.

A 15 kilómetros de la ciudad, en un caserío casi completamente construido en adobe, conocido como El Puesto, se encuentra el Oratorio de los Orquera, erigido en 1740, que tiene un confesionario de algarrobo macizo e imágenes de la escuela cuzqueña.

“Entre esas imágenes se encuentra una de las pocas pinturas de la Virgen amamantando al Niño Jesús, de 1717, que fue trasladada desde Chuquisaca (Bolivia), y también un pequeño San Antonio de madera”, le comentó a Télam el guía Oscar Chuisca.

El edificio, de paredes enterizas de adobe, es pequeño y pintoresco, con el techo sostenido por vigas de algarrobo curvas, que caracterizan la arquitectura de la zona, y tiene a su lado el museo que conserva una gran cantidad de objetos.

Este virtual complejo histórico de sitio se completa con un antiguo lagar de cuero detrás del oratorio. y hacia el fondo del predio, como un fiel testigo de la historia, se erige un amplio olivo de fines del siglo XVIII.

La Ruta del Adobe continúa a sólo un kilómetro y medio de El Puesto, cuando el visitante se interna por un camino de tierra hasta toparse con el paraje La Falda, olvidado del mapa y vacío de habitantes, donde se erige la Iglesia de Nuestra Señora de Andacollo, que fue restaurada en 2001.

La fecha de su construcción no está documentada, pero se estima que data de la década de 1830, por lo que sería el templo más moderno de la Ruta del Adobe.

El edificio más antiguo del circuito se encuentra en Anillaco y es la capilla Nuestra Señora del Rosario, “levantada en 1712, y declarada Monumento Histórico Provincial en 1992, por ser también la de más años aún en pie en Catamarca”, explicó Chuisca.

Construida por indígenas a las órdenes de Juan Gregorio Bazán de Pedraza IV, el primer español que se instaló en la zona, este oratorio familiar tiene puertas con quicios y las vigas del techo son de algarrobo arqueado.

El altar, realizado por completo en barro, resalta con el piso de tierra y las paredes, de un metro de espesor, carecen de ventanas, ya que el templo también oficiaba de fortaleza ante algunas rebeliones indígenas.

Cerca del lugar, los turistas pueden visitar las ruinas de la ciudad diaguita de Watungasta, junto a La Troya, a unos cinco kilómetros de Anillaco, después de cruzar la ruta, donde hay restos de pucarás y recintos circulares de origen inca.

El verde de las plantaciones, producto del riego, no sólo anuncia un descanso de la aridez del paisaje, sino también que se está en las inmediaciones de la entrada a Fiambalá donde, rodeada de un bosque de algarrobo, se levanta la Iglesia de San Pedro, construida en 1770.

A diferencia de las anteriores, este templo que integraba el Mayorazgo de Fiambalá, se caracteriza porque su estructura está cubierta con una capa de pintura blanca que esconde el color original del adobe.

A pocos metros, la Comandancia o Plaza de Armas del Mayorazgo, que ahora guarda herramientas, vasijas y piezas de colección, y que data de 1745, conserva el color del adobe sin ninguna interferencia.

El altar, como en Anillaco, es de adobe e integrado a los muros y también tiene obras religiosas traídas de Bolivia, entre ellas una imagen de San Pedro pintada en Cuzco y una colección de pinturas del siglo XVIII, también de esa ciudad.

Esta iglesia constituye uno de los pocos ejemplos de arquitectura virreinal de la región y fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1941.

Al fondo de la iglesia, en un patio arbolado, hay un pequeño templo de adobe, también blanqueado, en forma de domo, dedicado a Santa Rita, quien según la creencia popular, es quien “si algo te da, algo te quita”.

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