Turismo Rural. Un día de campo a puro baile, asado y diversión

Turismo Rural. La propuesta familiar de Rancho San Cayetano se desarrolla a 10 km de Marcos Paz. Hay una pileta, granja, caballos, cancha de fútbol y una laguna con botes a pedal.

Un día de campo a puro baile, asado y diversión
Un día de campo a puro baile, asado y diversión.

El gaucho, el caballo y el rancho de adobe fundidos en los cuadros de Molina Campos decoran discretamente el salón, pero no alcanzan por sí sólos para completar el ambiente telúrico. Tampoco la impecable pilchaque lucen quince mozos es suficiente para garantizar el mejor asado de campo. Sus cuerpos esbeltos exhiben pañuelo al cuello, camisa blanca, rastra de cuero, bombacha negra y alpargatas. La decoración está a tono con la casa de campo, pero en Rancho San Cayetano –a 10 km de Marcos Paz – no se pueden dar pasos en falso.

Bajo el techo de paja del quincho ya se contabilizan más de 500 personas algo excitadas, visiblemente dispuestas a comer a cuerpo de rey y divertirse, que esperan con ansiedad el primer paso del menú. Llevan un rato largo cumpliendo rigurosamente con cada uno de los pedidos de Diego Momesso: alzaron las copas para un ruidoso brindis colectivo –con la música apenas audible de “Brindo por las mujeres”, de Andrés Calamaro, de fondo–, acompañaron con palmas los primeros acordes de pasodoble y chamamé y se prestaron a dialogar a los gritos con el animador, con oficio para despertar sonrisas incluso entre los más reacios.

Primer plato

Los ánimos se enardecen aún más con el formal saludo “Bienvenidos a Marcos Paz, el pueblo del árbol y la capital nacional del jamón crudo artesanal”. El clima está en su punto justo y ya no queda lugar para las dilaciones. Estalla una zamba del Chaqueño Palavecino y la gente revolea pañuelos y servilletas para recibir con euforia las empanadas al horno de barro. La voz calma de Soledad en formato balada y la hermosa canción “Razón de vivir”, compartida por las voces de Víctor Heredia y León Gieco, sirven para serenar los espíritus y dejarse llevar por el cautivante sabor campero que transmite el plato de entrada.

Por esa razón simple y contundente, unos minutos después más de uno es sorprendido dando cuenta de una segunda vuelta de empanada, cuando en las mesas ya empiezan a humear los primeros cortes del asado. En nombre del buen gusto, en Rancho San Cayetano no es conveniente privar al paladar de algunos bocados de vacío, chorizo, tira de asado ni pechito de cerdo.

Hasta bien avanzado el almuerzo, el escenario era un rincón vacío, que sólo esporádicamente había captado la atención por el revoloteo de un pájaro desorientado y las corridas de un par de niños inapetentes. Bastó que pisaran las tablas los bailarines Daniel Sousa y Alejandra Ledesma para que no hubiera parrillada ni postre capaz de evitar que todas las miradas dispararan dejos de sorpresa y admiración hacia ese par de eximios artistas. Con los primeros pasos de la zamba “Balderrama”, el público entendió sin esfuerzo que Sousa y Ledesma no hacían más que engalanar su día de campo en familia. Los aplausos se hicieron moneda corriente en la tórrida tarde bonaerense, ya sin necesidad de arengas por parte del locutor.

Selección de talentos

Antes de pasar al repertorio de tangos, los bailarines convocaron a los presentes a un imaginario “casting” para un ballet de música nativa. El público respondió con una decena de postulantes, algunos tímidos, otros más lanzados. Entonces, la fiesta de alegría genuina –que ya era tal desde hacía rato– terminó por contagiar a los más indiferentes. Después, el fervor de los visitantes destinó una buena dosis de carcajadas a un desopilante monólogo de Diego Momesso acerca de las peripecias del turista porteño que veranea en la playa. Resultó un entremés atinado para llenarse los ojos con “Taquito militar” y “La cumparsita”, palabras mayores para el final a toda orquesta que regaló el dúo Sousa-Ledesma.

A la hora de las tortas fritas, el dueño de casa cedió el protagonismo a sus huéspedes. La gente aceptó el convite y se encargó de copar el escenario en un apretado baile popular, sacudió la modorra de una laguna con patos paseando en botes a pedal, improvisó charlas con mateada en el parque y, literalmente, transpiró la camiseta en la cancha de césped de fútbol 8.

Cobijados por la sombra de la arboleda, Daniel Sousa y Alejandra Ledesma asoman a ese panorama ideal. Son ahora los ojos de los bailarines y su futuro discípulo –su hijo Nicolás, de 9 años, aprendiz en la Fundación Julio Bocca– los que aprueban y se regocijan.

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