Una vuelta por Cataluña tras las huellas de Salvador Dalí

En la ciudad de Figueres se puede visitar el museo que construyó el artista en sus últimos años. Muy cerca, Cadaqués conserva su casa de veraneo en la Costa Brava.

Una vuelta por Cataluña tras las huellas de Salvador Dalí

Algunos recuerdan al pintor Salvador Dalí (1904-1989) por sus bigotes, su histrionismo y su extraña esposa, Gala. Otros, por los inolvidables cuadros surrealistas que pintó en la década de 1930, como “La persistencia de la memoria”, “El espectro del sex appeal” y “Premonición de la guerra civil”. Sin embargo, más allá del personaje mediático que Dalí representaba con deleite, hay dos sitios que merecen conocerse para valorar a este gran provocador. Uno es la ciudad de España donde nació, Figueres –capital de la región catalana del Alto Ampurdán– a 20 km de la frontera con Francia. El otro escenario es Cadaqués, el pueblo de pescadores sobre la Costa Brava –a 33 km de Figueres– donde Dalí construyó su taller y casa de veraneo.

Hay un vaivén artístico, sentimental e histórico entre ambos escenarios. El padre de Dalí era el escribano de Figueres, todo un personaje a principios del siglo veinte, cuando el futuro pintor era alumno de bachillerato en el Instituto Ramón Muntaner. Desde 1912 la familia Dalí vivió en una casa de la calle Monturiol 10, aún está allí, frente a la Plaza de la Palmera. El corazón del casco antiguo sigue siendo la iglesia de San Pere y el paseo de la Rambla de Figueres con sus cafés, “el laboratorio de nuestros experimentos sentimentales”, escribió Dalí. El Museo del Empordá, dedicado al arte moderno y la arqueología de Cataluña, es otra cita para los viajeros inquietos.

Dalí se fue a Madrid en 1922 a estudiar pintura y en la Residencia de Estudiantes de Madrid se hizo amigo de Federico García Lorca y Luis Buñuel, jóvenes y prometedores como él. Con el tiempo, los tres se reunirían en la casa de Dalí en Figueres. Sentimental, el Museo del Juguete de Figueres guarda hoy en sus vitrinas a “Don Osito Marquina”. Era el juguete de la niñez de Dalí, expuesto junto a fotos y cartas que le escribía García Lorca, entusiasta de los osos de peluche.

Lo cierto es que la mayoría de los turistas visita Figueres para ver el Teatro Museo Dalí que él mismo construyó desde 1961 aprovechando la sala en ruinas del viejo teatro municipal de la ciudad, incendiado en 1939 durante la Guerra Civil Española. La sala era emocionalmente suya: Dalí hizo allí su primera exposición de pintura en 1919. “Quiero que mi museo sea como un bloque único, un gran objeto surrealista, será un museo absolutamente teatral, la gente que venga a verlo saldrá con la sensación de haber tenido un sueño teatral”, decía en 1974, cuando se abrió al público. Hoy este típico teatro del siglo XIX con escenario a la italiana, galería de palcos y un patio de butacas, es un paseo por las obsesiones y fantasmas de Dalí.

Sorprendidos, muchos turistas se detienen en lo que fue el patio de butacas ante el “Taxi lluvioso”, un auto Cadillac que lleva raros maniquíes como pasajeros. Lo acompaña una escultura, “La gran Esther” de Ernst Fuchs, que estira una pila de neumáticos, homenaje visual a la columna romana de Trajano. La vista se eleva allí mismo hacia la estatua de un esclavo inspirada en Miguel Angel, la barca de Gala y un paraguas que se abre y cierra como si respirara. La Sala del Tesoro guarda la colección privada de Dalí, donde algunas de sus pinturas más famosas –como “La cesta de pan” o “Leda atómica”– conviven con obras de El Greco, Fortuny, Urgell, Meissonier y Duchamp.

La inmensa cúpula vidriada que cubre el escenario es un ícono de Figueres, pero hay más para ver en las 22 salas dispuestas en tres pisos de galerías y en la Torre Galatea. Entre las esculturas de Dalí hay un cocodrilo que sostiene una lámpara ante una pierna femenina. Están los diseños creados por Dalí para la casa Dior en 1951. Y en un edificio anexo se ven las joyas creadas para la Fundación Owen Cheatham, donde el oro, los rubíes, esmeraldas y diamantes se transfiguraron en arañas, elefantes o flores.

Por supuesto, Dalí está enterrado debajo del escenario del teatro, no podía ser de otra manera. Otra sala, el Palacio del Viento, abunda en objetos surrealistas: desde una extraña cama con garras –se dice que estaba en el burdel favorito del emperador francés Napoleón III– hasta la pintura del techo, que propone juegos ópticos. También la Sala Mae West atrae multitudes. Es un homenaje a la gran actriz estadounidense: muchos desearían sentarse en el “saliva sofá”, un sofá que tiene la forma de una boca.

Frente al mar

Los más curiosos reconocerán en varios óleos de Dalí la silueta del Cabo de Creus. En sus palabras, “un grandísimo delirio geológico”, indicador del sitio donde los Pirineos se hunden en el mar Mediterráneo. Es el paisaje de los veraneos de Dalí en Cadaqués, el balneario de la Costa Brava de Cataluña donde vivió buena parte de su vida, desde que era un niño.

Cadaqués es un pueblo rodeado de montañas, aguas de un azul profundo y olivares agitados por la Tramontana, un viento que es parte del folclore. Aún sigue siendo una trama de casas blancas iluminadas por esa luz que fascinó a pintores de ayer y de hoy. Calles medievales que vieron pasar a piratas y mercaderes. Calles junto a la iglesia Santa María, donde se luce un gran retablo barroco de Pau Costa. Y el inolvidable paseo junto al mar hasta el faro de Cala Nans.

Dalí compró una barraca de pescadores en 1930 en la tranquila ensenada de Portlligat, a dos kilómetros del centro de Cadaqués, transformándola poco a poco en su casa y taller. En esa casa atendió a sus amigos: el poeta Paul Eluard y los pintores Pablo Picasso y Marc Chagall, entre otros. “No puedo separarme de este cielo, de este mar, de estas rocas, estoy atado por siempre a Portlligat, donde he definido todas mis verdades más sinceras y mis raíces”, escribió.

Esa casa es hoy un museo muy concurrido. Sólo puede visitarse con reserva previa. Es también una gran escultura, un laberinto de salas que miran al mar. En los techos, las gigantescas cabezas blancas de Castor y Pólux –obra de Dalí– sorprenden tanto como el oso polar disecado que recibe en la entrada. Adentro, entre la cal de los muros y escaleras, la decoración atestigua una pasión surrealista: imaginería religiosa, la tapa que la revista Time le dedicó a Dalí en 1936, un caracol transformado en velador por el joyero Tiffany, las estatuas del taller. Y eso es sólo para empezar, aquí todo es posible.

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